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martes, 1 de noviembre de 2011

Promesa en el viento


Algunos años después de habernos conocido, caminábamos con Lorena por las calles de San Miguel, bajo el tibio sol de una mañana de primavera. Al preguntarle por su pasado, ella mudó su radiante sonrisa, hasta entonces infaltable en toda nuestra conversación, por una expresión seria, triste y melancólica. Recordó cuando era niña y el momento en que vio a su padre por última vez. En aquel tiempo, Lorena era una nena de cinco años que vivía con su madre en una pequeña casita de paredes viejas y despintadas, el frente de la casa tenía un diminuto jardín de escasos pastos amarillos con un tronco seco de eucalipto que ella usaba todos los días como banco para sentarse y jugar con sus muñecas. La tarde en que su padre apareció por última vez en su vida, ella estaba en ese mismo descolorido jardín hablando con las despeluchadas muñecas de trapo, únicas confidentes de sus penurias de niñez. Imaginaba y creaba para sus juegos lo que nunca llegó a tener: una familia feliz, tal vez como una forma de escapar a esa realidad que como oscuras nubes tormentosas opacaban el sol de sus días de inocencia. Sus padres habían iniciado la aventura de vivir juntos cuando se enteraron que la mujer estaba embarazada de Lorena, con esfuerzo construyeron una casita precaria adonde se fueron a vivir apenas nació la niña. Lorena recordaba que ya siendo muy pequeña, las peleas de sus padres eran cotidianas, ella fue creciendo en ese ambiente de pobreza, muñecas viejas, juegos solitarios y padres en crisis permanente. Un día su papá tomó la decisión de irse de la casa, sin mediar despedida abandonó a su mujer y a la pequeña Lorena.
No se supo de él durante varios meses, hasta aquella tarde en que apareció arriba de un auto nuevo estacionándolo frente a la casita en donde hasta hacía un tiempo él vivía. Lorena se encontraba, como todas las tardes, jugando sentada arriba del tronco junto a sus muñecas, miró bajar a su padre del auto y sus ojos brillaron de emoción pensando que había vuelto para quedarse, pero no fue así, el hombre había empezado una vida bohemia en otros lugares y sólo había regresado a buscar algunas de sus pertenencias. Entró a la casa, discutió una vez más con su ex mujer, metió algunas prendas en un bolso y enfiló rápidamente hacia su vehiculo, cuando se iba vio que su hija estaba petrificada mirándolo marcharse, se acercó a ella y le dijo: “La próxima vez vendré a buscarte en el auto, nos iremos a pasear, voy a llevarte a conocer el zoológico, tomaremos unos helados y te subirás a dar unas vueltas en la calesita. Pasaremos todo un día juntos, te lo prometo.”
Lorena no tuvo palabras para responderle, un inmenso nudo ahogaba su garganta, pero atesoró en su corazón la promesa de su padre, entretanto una brisa suave le atravesaba el rostro y secaba las breves lágrimas de sus mejillas.
Cada tarde,  jugaba en el jardín mirando hacia el final de la calle con la esperanza de que apareciera el auto de ese hombre que le había prometido volver. Las tardes pasaron, así como los años, pero él nunca regresó. La niña creció y ya no lo esperó más, el tiempo diluyó esa esperanza transformándola en un rencor amargo en el corazón de la joven.
En esas calles de San Miguel que la vieron crecer, mientras caminábamos juntos, Lorena recordó la última vez que vio a su padre y trajo a su memoria la promesa que jamás cumplió. El hombre, a quien ella ya no lo llamó más papá, jamás regresó, construyó otra vida lejos de su pasado, probablemente haya olvidado la promesa que muchos años atrás le hizo a esa pequeña. 
Me despedí de Lorena alejándome del lugar, a poco de caminar me di vuelta observándola una vez más, algo de su tristeza se apegó a mi alma y en el fondo me pregunté si ella aún estaría esperando a que su padre regresara y cumpliera con lo prometido.

*Fotografía de Gustavo Osmar Santos http://gusossantos.blogspot.com/